Ciencias sociales vs. naturales

Desde que supe de él, me llamaron la atención la figura y aportaciones de Wittgenstein. Sobre todo, de  su primera etapa, la idea de que el lenguaje limita y condiciona nuestro pensamiento;  tuve que abandonar su tractatus en la tercera página, consciente de que no iba a entender nada, aunque su última proposición es poderosísima y seductora “De lo que no se puede hablar, hay que callar”.

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Photo credit: Nick Kenrick. / Foter / CC BY-NC-SA

Su segunda etapa, en la que casi contradice su propio Tractatus, debió resultarme menos seductora en su momento porque no ha sido hasta recientemente que he entendido y aceptado que el lenguaje no es un absoluto, que es una red interconectada de los diferentes lenguajes de todos los usuarios en la que no cabe usar reglas propias so pena del aislamiento por ininteligibilidad.

Yo, como el propio Wittgestein debo contradecirme y flexibilizar mi estricto y privado uso de algunas palabras.

Leer este artículo de Simón González de la Riva Troncoso sobre ciencias sociales vs. ciencias naturales, me recuerda el estricto uso que siempre he hecho de la palabra ciencia como reconocí hace un año.

Sigo creyendo que se llaman ciencia y arte a muchas aportaciones que no merecen la inclusión en tales categorías y que utilizamos ambos términos con cierta alguna ligereza.

En cualquier caso, aún aceptando de la acepción de la RAE para ciencia, creo que conviene señalar que el método científico no es una piedra filosofal que convierte en ciencia todo lo que toca. Hace algún tiempo, durante una sobremesa un conocido, licenciado en humanidades, me ilustraba acerca de cómo se aplica el método científico en historia —hipótesis, tesis, confirmación y refutación de teorías,…—, sin embargo esto no convierte en ciencia a la historia.

Aunque la RAE no recoge la voz plural con significado propio, pareciera que ciencia y ciencias son palabras diferentes del mismo modo que lo serían arte y artes. Quiero entender que esto se debe a que arte y ciencia tienen campos semánticos que se intersecan con los campos de conocer y saber lo que lleva a complicar más las cosas cuando se unen los términos para ampliar el cajón de sastre como en artes y ciencias culinarias, artes y ciencias cinematográficas, ciencias de la comunicación,…

No obstante acepto y respeto el toque de Simón porque me recuerda los primeros temblores bajo los pies de los que tengo memoria. Se abrieron las primeras fisuras cuando descubrí el márquetin, la economía y lo intangible de la cualidad humana En mi etapa en ICADE y, curiosamente, en mi etapa en la EOI, fue nuevamente el márquetin el que amplió las incipientes fisuras; aún recuerdo una réplica del profesor David Fernández Pérez durante un debate [sic] “…no sabes cuantos ingenieros de planta me he cargado por no entender esto.

No quiero dar más crédito a las ciencias sociales del necesario porque también ellas pueden pecar de cientifismo y abusar de su arrogancia. La ingeniería, como el acervo de la medicina china,recoge un conocimiento heurístico que se remonta milenios en la historia de la humanidad mucho antes del propio concepto de ciencia.

Hace bastantes meses que en una charla de café me etiquetaron curiosamente como “…ingeniero, sí, pero con corazón”. Quiero pensar que se debe a leer a gente como Simón o Amalio Rey en este artículo sobre déficits en formación empresarial.

Econoentropía II

Parece reconocerse a Frederick Soddy como el padre de la economomía ecológica o bioeconomía. Básicamente, Soddy y quienes continúan su línea de pensamiento — destaco a Georgescu Roegen— vienen a decir que el conocimiento económico se basa en supuestos que no se cumplen nunca —algo así como el chiste de la vaca esférica—, en hipótesis que simplifican tanto la complejidad social para hacerla inteligible por nuestra racionalidad limitada que distorsionan el objeto de análisis de modo que el propio análisis económico se autodevalúa.

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 By Ingrid Kallick (http://www.ikallick.com) [Public domain], via Wikimedia Commons

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Breve historia de la termodinámica

En entradas anteriores rememoraba cómo me dio por pensar que la economía y la entropía podían guardar alguna relación; aunque hice examen de conciencia, no llegué al acto de contrición, ni al propósito de enmienda así que vuelvo a las andadas,  resumiendo la historia de la termodinámica que un antiguo profesor, Luis María López González, enseña en su “Termodinámica fundamental” (universidad de La Rioja, 2000).

Photo credit: Internet Archive Book Images / iWoman / No known copyright restrictions

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Creo que la primera reseña la merece Carnot, un ingeniero francés que, estudiando la mejora del rendimiento de las máquinas térmicas formuló en 1824 conceptos que serán fundamentales para el desarrollo de la posterior ciencia termodinámica; un ejemplo  más de un conocimiento heurístico, práctico que precede al científico (habilis vs. sapiens😀 )

La obra de Carnot no fue muy reconocida. Los científicos  quizá despreciaron su base  en la teoría calórica, ya en declive en su momento y los ingenieros tal vez vieran un enfoque demasiado original en el estudio de las máquinas.

Carnot murió casi quince años antes de que, independientemente aunque simultáneamente, Joule y Mayer determinan el equivalente mecánico del calor demostrando que el “calórico” es realmente creado, contradiciendo la teoría de Carnot que, aunque no publicó nada tras 1824 y probablemente viviera hasta el fin de sus día bajo el sentimiento de fracasado es considerado el padre de la termodinámica.

Poco después del equivalente mecánico del calor llegan otros dos hitos, ambos basados en el original trabajo de Carnot: la escala absoluta de temperaturas de Kelvin, quien formula explícitamente los dos primeros principios de la termodinámica y, la definición formal de la entropía por parte de Clausius lo que permite una formulación precisa del segundo principio.

Las décadas posteriores llevaron a la termodinámica a evolucionar definitivamente desde un problema práctico —la mejora del rendimiento en las máquinas térmicas— a una rama de la física teórica.

En este camino un hito importante lo jalona Carathéodory con la formulación axiomática de la termodinámica, de gran interés científico al desligarla de conceptos empíricos e intuitivos.

Define la RAE la termodinámica como “parte de la física en que se estudian las relaciones entre el calor y las restantes formas de energía” con lo que se entiende que sea una de las ramas físicas más extensas con evoluciones en química y biología; hasta ciencias sociales como la economía han estudiado la aplicabilidad de los conceptos termodinámicos a los cambios en los sistemas humanos, pero de revisar algo de eso me ocuparé otro día.

Los agoreros se equivocan siempre

Mi primera aproximación formal, ortodoxa y académica a la economía fue en en la asignatura entorno económico del  executive MBA del ICADE con un artículo titulado”Los agoreros se equivocan siempre“.

El contenido venía a ser, aproximadamente el que expone José Carlos rodríguez en esta opinión  de 2013: todas las previsiones apocalípticas sobre el agotamiento de los recursos se ven históricamente contradichas por el aumento de su disponibilidad.

 

Ambos artículos guardan relación con la conversación referida en la anterior entrada y que, probablemente también tuviera como antecedente en una lectura de juvenil, “la explosión demográfica. El principal problema ecológico” (1993), que ha envejecido bien estos veinte años visto que la población mundial ya ha alcanzado lo 7000 millones.

Esa lectura junto con una charla sobre subdesarrollo y entropía y alguna intuición propia me hicieron pesimista antes de tener conocimiento de  Thomas Maltus ode la catástrofe malthusiana aunque sabemos que “los agoreros se equivocan siempre”.

 

Aunque supongo que este debate neomaltusiano está superado en los círculos demográficos y económicos me parece que el fondo del dilema de Malthus es vigente: es más fácil destruir que construir, gastar que producir,…

Entendidos como solucionadores de problemas, somos genéticamente ingenieros —  habilis antes que sapiens— por lo que no es de extrañar que a estas alturas de desarrollo social haya una disciplina que atiende problemas complejos, dinámicos y multivariantes, la ingeniería de sistemas de la que quiero mencionar dos especialistas.

Por un lado Dennis Meadows director del equipo redactor, por encargo del club de Roma,  del informe “los límites del crecimiento” cuyo pesimismo no parece haber mejorado según su “límites del crecimiento treinta años después”.

Por otro lado Richard C. Duncan padre de la teoría de Olduvai por la que coincide con el anterior en acotar el futuro de nuestra actual civilización industrial a cien años

Ambos me hacen pensar que mi juvenil neomalthusianismo no es tan pueril al fin y al cabo.

El endeudamiento que permite cierto apalancamiento positivo es saludable y bienvenido pero no aquel que por un rédito cortoplacista compromete la solvencia futura.

Análogamentecreo se mide mal el crecimiento económico —términos de PIB— porque no internaliza los inevitables efectos colaterales.

Prefiero el índice de desarrollo humano —IDH— como indicador más  global aunque se me queda corto; no está alineado con la sostenibilidad, con ese razonable propósito de vivir mejor que nuestros padres y permitir que también así lo hagan nuestros hijos, por lo que yo añadiría la huella ecológica como parámetro adicional.

En aras de un desarrollo sostenible que evite un colapso social huyendo del ecofundamentalismo veo un enfoque moderado y sensato en la ecología de mercado.

Mañana comienza la conferencia para el cambio climático 2014, sobre la que hoy puede leerse en elpais.com que “el tiempo se agota. Espero que otra vez los agoreros se equivoquen, aunque no las tengo todas conmigo.

Entropía

Este invierno escribía sobre el fin de un debate mantenido desde hace veinte años con mi amigo Santi Alba, al ritmo que sus retornos vacacionales a España nos han permitido.

Recupero el origen de aquella discusión de veinteañeros tras leer un artículo de Sebastián Puig Soler y Simón González de la Riva Troncoso.

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Lo más interesante del texto vino en los comentarios en los que, como técnico, confesaba mi vértigo sin un marco normativo; de eso iba el artículo, de reglas, normas, riesgo,incertidumbre, regulación…

En el debate de los comentarios, Sebastián y Simón recogieron el guante de escribir acerca de la entropía y la economía.

Me falta corage blogero para mantenerles un debate, pero no me resigno a olvidar el origen de aquella discusión filosófica que tuvo su difuso antecedente un artículo que con dieciseis años escribí en una revista trimestral que hacíamos los escultas de un grupo scout en el que venía a decir que nuestro cerebro, como adaptación evolutiva tenía un defecto de diseño; la falta de un regulador de potencia. Somos capaces, más que de adaptarnos al entorno, de modificarlo hasta el extremo de potencialmente ser causantes de nuestra propia extinción. Algo así como lo que plantea Stern en esta charla aunque era y soy menos optimista me preguntaba si de verdad somos sapiens.

Recuerdo que, pasados unos años escuché una charla sobre cooperación al desarrollo en la que el ponente hablaba de subdesarrollo y entropía, concepto que ya me era familiar por lo que calculo que tendría unos veinte años.

Aquella charla dio pie la discusión conmigo mismo y con mi amigo Santi acerca de algo así como una  “ley de la pereza” —que a mí me parecía un corolario de la ley de la entropía— y de los límites que imponía a la solidaridad en combinación con otro principio que también me parecía natural, el oportunismo.

Años y lecturas más tarde entendí que el oportunismo individual había quedado relegado evolutivamente a una solidaridad y cooperación que nos han hecho quienes somos; somos humanos  porque somos sociales y viceversa.

Hoy contemplo indulgentemente la estrechez de miras de aquel mocete aspirante a ingeniero que ha tratado de curar su miopía con literatura más variada aunque, volviendo a la entropía, reconozco que  Georgescu Roegen fue demasiado para mí, tanto que no he querido comprobar con una relectura si mi limitación fue el inglés o la densidad del libro.

Downshifting

Acabo de disfrutar de una excelente experiencia en Añavieja (Soria); no me refiero a que hayamos amanecido a ¡4º C un 16 de agosto!, sino a lo que me han enseñado los amigos de Añamiel Solidaria, un proyecto solidario por el que el resultado íntegro del esfuerzo emocional, laboral, físico y económico de una familia de Logroño se traduce en la subvención de una escuela y un comedor de una zona deprimida de Ecuador (Sucumbíos), fronteriza con Colombia. Los siguientes enlaces explican en qué consiste su ejemplar trabajo:

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